Música que acompaña todo el tiempo a mi pequeña persona en esta historia http://www.goear.com/listen/0bfe9e0/how-it-ends-devotchka
Mientras hacía recuento de las libras que me sobraron de mi viaje a Edimburgo, con la cabeza puesta ahora en mi próximo viaje a Londres, me encontré con un bonito billete azul de cinco libras del “Bank of Scotland”. Examiné el billete, la ilustración del puente Brig o’Doon al dorso, el escenario del último verso del poema de Robert Burns Tam o’ Shanter. Tan famoso se hizo el poemita que junto al mencionado puente figura la estatua del mismo Robert Burns que, por lo visto, es un monumento real que se encuentra erigido cerca del puente.
En aquel momento, después de haberlo examinado con detención, dejé el billete sobre la mesa y respiré profundamente. La nostalgia me había inundado el pecho, encharcando mis pulmones hasta el punto de percibir mi propia respiración angustiada, marcada por la punzada en el corazón. Ese corazón mío que se encoge y llora silencioso cada vez que el recuerdo de Escocia vuelve a mi mente.
Pensar en Edimburgo siempre me hace sentir de dos formas. Por una parte, muy, muy contenta cuando recuerdo lo feliz que fui, la época tan bonita de mi vida, la historia de amor que tuvimos la ciudad y yo a solas, las chicas, incluida mi “host mum” por supuesto. Fui tan, tan, tan feliz que a veces pienso que nunca volveré a sentirme tan radiante como durante aquellas tres semanas. Radiante por mi adolescencia, radiante porque estaba haciendo lo que me gusta en una ciudad donde todo el mundo te habla con una sonrisa en los labios. A pesar de que costara entenderlos. Radiante porque viví, porque sentí, porque me entregué al presente y a todo lo que estaba sucediendo en aquel momento con los ojos cerrados. Tanto me entregué que ahora temo volver y que la realidad me decepcione.
He querido expresarlo muchas veces por escrito, para librar a mi corazoncito del dolor, para hacerlo sentir mejor y que deje de llorar por esa punzada que vuelve cuando pienso en Edimburgo. Y, curiosamente, encontrarme con ese billete de cinco libras en mi cartera olvidada en una maleta ha hecho que esta noche me decida a escribir.
En principio, el billete me recordó muchas cosas buenas. Todos los americanos que me tomaba cada día en “The Standing Order” al lado de la escuela, Gail y su “hello, darling” al levantarme cada mañana, Sarah y nuestras conversaciones femeninas. Luego la vida nocturna, más tarde el paso de “estar radiante” en Edimburgo a “estar eufórica”. Hoy día me digo que todo pasó por tratarse de una segunda nueva experiencia “real”, tan nueva como la primera de la que hacía tanto tiempo. Y para eso solo tengo una palabra: Senegal. Un hombre que abraza con tanto cariño no puede sino hacer tergiversar los sentimientos de la otra persona. Y así crecí inocente durante un año. La inocencia y la ingenuidad de la niña que soy me llevaron incluso a compartir Senegal con esa segunda persona a la cual me entregué mucho más que a la primera, debido a mi fe ciega en las personas; tanto fue así que incluso todavía hoy puedo sentir la profunda tristeza que me invadió el cuerpo cuando me subí al avión para volver a casa, ya a finales de agosto. No quería irme. Y sabía que podría haberme quedado…
Aquella experiencia fue tan bonita y tan frecuente entre las experiencias de la gente en general que necesito escribirla, necesito expresar con palabras cómo mi estado pasó de la simple y humilde felicidad a la euforia, a la excitación, de modo que, a partir de aquella noche, mi historia de amor con la ciudad se estrechó aún más:
“Now I’ll kiss you”
Y recuerdo el sentimiento aterrador entre negativa y deseo, debido a la novedad, a lo desconocido, al miedo ante esa nueva experiencia. A partir de aquella noche mi corazón se salió por la boca y fue a compartir su euforia con cada uno de los edimburgueses que escuchaban con una amable sonrisa.
La ciudad me escuchaba con el mismo tipo de mariposas que ya aleteaban exultantes en mi estómago. Luego me ofreció su hombro para llorar. Y recuerdo cómo aquel día expresé mi tristeza a la gente con mi gesto alicaído, desalentado, desesperanzado y descorazonado, afligido y sin ilusión alguna por volver a sentir.
Y no me marché en aquel estado, desde luego:
“You’re not leaving. You’re staying with me. Please…”
Pero no podemos abandonarnos tanto como yo ya lo había hecho a la pasión por lo desconocido, así que me marché. Subí al avión y escribí con una sonrisa “I’m leaving your country with a smile”, lo que esperaba y lo que finalmente conseguí. Y así cerré con broche de oro allí mismo la historia, todavía en su país, aún en el avión momentos antes de despegar. Sin embargo, hay personas a las que les gusta hacerlo todo un poquito más difícil y la historia continuó, y yo me abandoné de nuevo a la pasión y a mi fe ciega en él, lo que resultó de nuevo en decepción. Más la de Senegal. En resumen, más dolor y melancolía para mi pequeño corazoncito.
Y más decepción. Y más prometerme a mí misma que ya ha llegado el fin, que no puedo seguir mirando mi billete de cinco libras con el puente sobre el río Doon y que esa tristeza de nuevo me inunde el pecho.
Quizás cuando vuelva y reviva la historia de amor que tuvimos la ciudad y yo a solas, ese sentimiento de aprehensión desaparezca por completo. O quizás el tiempo solo hará que al final sea como Marruecos, al que siempre recuerdo con una sonrisa sincera. Quizás, quizás, quizás… Eso sí, me guardo de recuerdo el billete azul de cinco libras del “Bank of Scotland”, traiga los recuerdos que traiga, puesto que, al fin y al cabo, dio principio y fin a toda una historia de emociones intensas…
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